Han pasado dos décadas desde que comencé a escribir con una intención narrativa. En este tiempo he identificado reglas y constantes con las que solemos toparnos quienes nos dedicamos a la escritura, y que intentaré compartirles en unas pocas líneas.

1.- Pasión y técnica.

Lo primero que aprendí es que la pasión puede llevarte lejos, pero nunca tan lejos como cuando va montada en la técnica y el conocimiento. Esto implica considerar una preparación constante a través de talleres, cursos, seminarios y posgrados de creación creativa.

Aunque desde el comienzo de este periplo supe que dos actividades fundamentales son leer y escribir, no se quedan atrás las necesidades de aprender e incorporar técnicas literarias, estrategias narrativas, las libertades del lenguaje, y que en conjunto conformarán nuestra caja de herramientas para abrirnos camino ante los dilemas y atolladeros narrativos, así como para manejar con solvencia ritmos, atmósferas, tonos, la profundidad de los personajes y de las historias, entre otros.

En ese sentido, los talleres literarios suelen ser magníficos espacios para compartir con otros nuestra obra y enriquecerla.

El escritor Leonardo Paudura niega esto, dice que los talleres no aplicaron para él. Claro, lo dice como escritor consagrado, que antes de ser periodista fue aprendiz de periodista, a quien le tachaban los errores con el lápiz rojo de los maestros de la redacción en los diarios cubanos.

Sin embargo, para quienes no estamos en un medio de comunicación escrito con grandes maestros a nuestro lado, los talleres son una excelente opción.

Es complicado que alguien se haga solo, que su universo interior sea suficiente para ofrecer una obra de calidad. Se requiere de la ayuda de otros.

También es fundamental investigar a quién elegimos como guía en un taller: ¿Qué ha escrito? ¿Cuántas publicaciones tiene? ¿En qué editoriales? ¿Ha ganado concursos importantes?

Al final del día, si en cada ocasión sales del taller con la certeza de que nunca escribirás algo valioso, no importa quién sea el guía o tus compañeros, cambia de taller, pero no dejes de escribir.

2.- La soledad de quien escribe.

Uno de los mitos más malinterpretados se refiere a la soledad de quien escribe.

Si bien reflexionar, escribir y corregir son actos que requieren de soledad, la relación con la gente de tu entorno, con amistades del medio, con tus redes sociales reales y en el celular, son necesarias y valiosas.

Es de esas personas que podrás obtener perspectivas distintas, acompañamiento, información, empuje. Y es a través de esos contactos que llegarás a editores, periodistas, círculos de lecturas, en fin, a los espacios sociales donde publicarás, presentarás y acercarás tu obra a los lectores.

3.- Los temas de moda.

A través de los siglos, por temporadas, se han impuesto temáticas o estilos seguidos por muchos literatos, dejando de lado su propuesta personal y que podría marcar un estilo distintivo en su época.

A mediados del siglo pasado, por ejemplo, hubo desencuentros entre quienes consideraban que la literatura debía comprometerse con la política, y quienes, como Borges, veían en ella la posibilidad de una creación artística, así como una herramienta de reflexión crítica y social.

Actualmente, está en boga la autoficción o literatura del yo, que atrae a escritores y lectores por la cercanía que perciben con el autor, amén de poder practicar una especie de voyerismo literario.

¿Es recomendable sumarse a estas modas? Lo mejor, considero, es escribir lo que se desea contar, sin importar si se suscribe o no a una moda o tendencia, y, en cambio, poniendo el alma en cada línea, en el afán de darle vida a lo que bocetamos en la mente.

4. –Los escritores viven en la bohemia.

No dudo que así fuera en épocas pasadas, y que en algunos casos el mito se siga reproduciendo. Actualmente, sin embargo, son más quienes junto a las letras practican un deporte, otro tipo de arte o tienen un profundo compromiso con su familia o con organizaciones sociales, y poco tiempo les queda para la bohemia.

Es difícil alcanzar al menos un éxito en este oficio, si no eres una persona disciplinada, concentrada en tu quehacer y dispuesta al sacrificio personal con tal de subir un escaloncito allá de vez en cuando.

5. Ganar premios te corrompe

Esta aseveración se basa principalmente en dos supuestos: 1) Los premios siempre están amañados y por lo mismo manchan tu trayectoria; 2) el artista no debe vender su alma por nada, sino ser libre a toda costa.

Hay premios que suelen estar amañados, se les conoce y nombra sin pudor; esto no quita que muchos otros sean transparentes, con jurados insobornables y organizadores dispuestos a premiar sólo a quien lo merezca.

Además, un premio te ofrece la posibilidad de proyectar tu trabajo, de obtener un ingreso económico, de lograr una publicación, de dar un paso en tu carrera literaria, y no debemos desaprovecharlos.

Nadie vende su alma. Un premio es importantísimo para ti, para quienes te quieren, para quienes te envidian, para el currículum, nada más. Lo realmente valioso es que los lectores hagan suya tu obra.

Cualquier premio queda pronto en el olvido, porque en esta época reina lo efímero, porque detrás de ti vienen nuevos premiados, y porque no puedes conformarte con presumir un logro del pasado.

6.- Dejar cuerpo y alma en el papel

Antes que recomendar dejar cuerpo, mente y alma en tu obra, recomiendo disciplina y constancia, amén de un horario de trabajo estipulado en una agenda diaria.

Durante el tiempo marcado para escribir se debe trabajar a fondo, sin perder concentración, inmersos en nuestro océano personal de palabras e ideas.

 Y cuando te canses, aléjate del trabajo y reinicia al día siguiente.

Hemingway comparaba la tarea literaria, con sacar a diario una cubeta de agua de un pozo para llenar una poza pequeña. Si sacas agua sin parar, el “pozo de la creatividad” se agotará, por eso lo mejor es detenerse antes de sentir el cansancio, para darnos un respiro o dedicarnos a otras tareas, mientras permitimos que el pozo de la creatividad se llene de nuevo.

8.- El arte está en la corrección

Escribir implica atención, visión crítica, entrega. No obstante, la literatura suele aflorar en el proceso de corrección, que debe ser tan extenso como la obra lo requiera, y no como lo marquen las ansias, el editor o una fecha. Nadie está esperando nuestro libro, y por lo tanto podemos corregirlo tanto como sea necesario.

La corrección implica revisar puntuación, redacción, errores de dedo y la limpieza de párrafos farragosos, pero también es un proceso reflexivo, que comienza desde el análisis de tu idea original, hasta permitir la aparición de nuevas ideas. El objetivo a perseguir en cada caso es crear un texto atrapante, conmovedor, inspirador, inconsútil, es decir, una obra maestra.

Que se logre o no ya es otra cosa, el objetivo debería ser ese, porque poniendo la mira alta es que puedes llegar más lejos.

Al final de cuentas, lo importante no es cuándo o cómo empezaste y terminaste un escrito, o si es valioso el resultado de tu esfuerzo, lo importante está en el proceso creador completo, porque es en él donde te vas haciendo escritor.

Luis Antonio Rincón García,

Egresado de la Licenciatura en Comunicación y Producción de Medios / Bachelor’s Degree in Communications and Media Production 1997.

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