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¿HABLAMOS DE EQUIDAD O DE IGUALDAD? LA EQUIDAD ES UN CONCEPTO MUCHO MÁS AMPLIO QUE LA IGUALDAD, YA QUE LA EQUIDAD IMPLICA SENTAR LAS BASES DE UNA SOCIEDAD MÁS IGUALITARIA.
Dainzú López de Lara E. / Renata Chabert Bravo, Departamento de Relaciones Internacionales.
Primero hay que saber qué es la equidad laboral. John Stacy Adams (1965, citado por Young, 2018) desarrolló una teoría de la equidad y la motivación laboral: la esencia es que los empleados comparan sus esfuerzos y gratificaciones con las de sus compañeros de trabajo. Estudió cómo la percepción de desequilibrios afecta la motivación de los empleados, presentando una ecuación que mide dos cosas: (1) debe haber un equilibrio entre nuestros insumos de trabajo (esfuerzo) y productos (recompensa), y (2) los trabajadores deben sentirse tratados de manera justa en comparación con sus colegas.
individual´s outcomes /individual´s own inputs = relational partner´s outcomes /relational partner´s inputs
Si hacemos una búsqueda rápida en la red, constatamos que el término «equidad laboral» se relaciona principalmente con la equidad laboral entre hombres y mujeres. Aunque la teoría de la equidad de Adams (1965) no distingue el género de los asalariados, probablemente por la época en que se desarrolló, podemos decir que esta ecuación también puede utilizarse para medir la equidad que perciben las mujeres en el mundo laboral. En general, la equidad laboral es un tema de gran importancia para el bienestar de una sociedad.
Diversos estudios muestran que la diversidad entre los empleados hace más productivas y sensibles a las empresas y mejora su imagen (Carrión, s/f). Pero ¿estamos hablando de equidad o de igualdad? La equidad es un concepto mucho más amplio que la igualdad, ya que la equidad implica sentar las bases de una sociedad más igualitaria. «Esta visión significa darle a cada persona lo que necesita de acuerdo a su contexto, mientras que la igualdad significa darles a todas las personas lo mismo» (Soria, 2017). Por lo tanto, no se trata de alcanzar el cincuenta por ciento de los puestos de trabajo, sino de aspectos básicos como el respeto, un pago equitativo y fomentar la participación en la toma de decisiones por parte de todos (La Prensa Gráfica, 2017).
De acuerdo con el Banco Mundial (2018), 47.6% del mercado laboral mexicano está conformado por mujeres. Estas buenas noticias se deben al avance en la educación y al cambio que hemos presenciado en los últimos años con respecto a los derechos de las mujeres. Si bien las cifras son alentadoras, no significan que una verdadera equidad laboral esté cerca: las mujeres en México siguen ganando alrededor de 17% menos que los hombres (OCDE, 2017); hay más hombres que cuentan con trabajos de tiempo completo; las mujeres tienen menos oportunidades de alcanzar puestos gerenciales o ejecutivos (techo de cristal), y tienden a trabajar en sectores con ingresos más bajos.
Además, dos terceras partes de las mujeres están empleadas en la informalidad, que ofrece paga baja, cero protección social y escaso resguardo contra la pobreza, pero permite cierta flexibilidad para que puedan dedicarse a labores de cuidado no-remuneradas (Velázquez, 2018). «Durante 2015, el valor económico del trabajo no remunerado doméstico y de cuidados alcanzó un nivel equivalente a 4.4 billones de pesos, lo que representó el 24.2% del PIB del país; de esta participación las mujeres aportaron 18 puntos y los hombres 6.2 puntos» (gob.mx., 2017).
Un fenómeno colateral es que, debido al aumento de la participación de las mujeres en la fuerza laboral, el trabajo doméstico se desvalorizó pero no desapareció, y siguen siendo las mujeres quienes dedican numerosas horas a este trabajo no-remunerado. Paralelamente surgió la exigencia social occidental para las mujeres de ser superwoman (síndrome de la súper mujer), aquella que se esfuerza por asumir múltiples roles: profesional, estudiante, madre, esposa, ama de casa, mujer atractiva… y alcanzar en todos ellos un alto estándar de perfección (Cedillo, s/f). Este fenómeno corresponde al de la «carga mental» (Villar, 2019), que comprende las tareas referentes al ámbito familiar y del hogar que asumen casi exclusivamente las mujeres. Pero también está el caso de las mujeres indígenas, que son víctimas de la mayor discriminación y violencia (70% la sufren) no sólo por su género sino por el color de su piel (Peña y Tejerina, 2015). Según un estudio de Vázquez y Campos (2016), la precarización de esta población en el mundo laboral es ancestral y persistente, sobre todo en México, uno de los países con mayores índices de pobreza y discriminación contra los indígenas. México cuenta con uno de los andamiajes legales más modernos; por ejemplo, la Política de Igualdad Laboral y No Discriminación de la Procuraduría General de la República (2016) afirma que la igualdad ante la ley («igualdad formal») no sirve si no se garantiza la «igualdad real», la cual debe considerar las prácticas sociales y culturales que han perpetuado la desigualdad basada en el género, al considerarlo parte de un «orden natural». En este sentido, deben emprenderse acciones afirmativas que reconozcan dicha discriminación histórica y brinden las condiciones para que las mujeres puedan competir realmente como iguales ante los hombres.
La ausencia de un estado de derecho fuerte hace incongruente la igualdad ante la ley y la igualdad real de las mujeres frente al tema de goce de derechos y justicia. Muchos prefieren responsabilizar del fenómeno de la inequidad laboral o de cualquier acto de injusticia hacia las mujeres a los aspectos culturales y sociales. Pero la discriminación laboral, las injusticias, los abusos, acosos y hostigamientos son invisibilizados y normalizados por la sociedad: (1) porque no se cuenta con la información o el conocimiento para reconocer estas conductas, y (2) por falta de confianza en las instituciones e instancias responsables, o por miedo a represalias. Para lograr una equidad laboral real en México se necesita llevar a cabo un largo proceso de cambios estructurales, sociales y culturales. El Estado ha dado el primer paso al incluir legislación con perspectiva de género, pero aún hace falta una implementación eficaz de la misma. En la actualidad las mujeres mexicanas disfrutan la equidad laboral en el papel, pero la percepción y las cifras constatan que en la práctica no, y ésa es la que en verdad importa.
