persona escribiendo un ensayo

La corrección del capítulo de una novela, el pulido de la página del cuento, la búsqueda de la palabra precisa, de la cacofonía, de los párrafos farragosos, de las ideas encontradas o redundantes, son tareas fundamentales para quien desea alcanzar la perfección narrativa, aún bajo la conciencia de que esa perfección es imposible.

Se dice que cuando escribimos debemos invitar a sentarse a nuestro lado a la divinidad que todo lo puede; y, cuando corregimos, el invitado será el diablo, quien nada perdona.

Esta etapa de la escritura quizá sea la más desgastante, en la que se invierte hasta diez veces el tiempo que se tardó escribiendo. Antes suponía que, conforme fuera adquiriendo experiencia, menos horas tardaría en corregir. Al menos en mi caso la situación ha sido contraria, porque con el paso de los años he sumado conocimientos, así como herramientas narrativas y de corrección, lo que me implica cada vez más tiempo y atención a cada escrito.

He llegado a comparar este proceso de la creación con el trabajo del ebanista, quien paciente lija y pule la madera hasta desaparecer las rugosidades. El ensayista Antonio Cajero, a su vez, la compara con una labor de orfebrería y filigrana. Elmer Mendoza, por su lado, ve en la corrección la posibilidad de cuidar la minucia de la palabra. Borges corregía incluso lo ya publicado.

En cualquier caso, corregir no solo consiste en cambiar signos de puntuación, arreglar dedazos y errores ortográficos, reformular frases ininteligibles y procurar la economía del lenguaje. Es también una oportunidad para dar paso a la aparición de nuevas ideas que le den mayor redondez al personaje, al entorno, al contexto, a la historia misma.

Es durante la corrección cuando terminamos de definir el ritmo y tono de la novela, ensayo o cuento. En esa etapa se pulirán el inicio y las últimas líneas de la obra —es raro que a la primera nazca un comienzo contundente o un final impecable—, amén de analizar al detalle la coherencia y congruencia de lo escrito.

Hay técnicas básicas utilizadas por la mayoría de los escritores. Comenzar el día revisando con minucia lo escrito el día anterior es una de ellas. Revisar el todo en la pantalla de la computadora cuando se termina cada capítulo es otra. Imprimir y examinar con pluma roja en mano cada línea en la búsqueda de palabras repetidas, rimas indeseables, vicios del lenguaje, expresiones mal logradas y adjetivos que deben cambiarse por acciones es imprescindible.

Grabarse leyendo en voz alta el texto para luego escucharse con calma son pasos muy recomendables —en cada uno de ellos se corrige—. Ítalo Calvino escribió en su libro Las ciudades invisibles: “lo que dirige el relato no es la voz: es el oído”. A su vez, Juan José Arreola dijo: “el lenguaje, aunque se halla estampado en el papel, no es silencioso: de él y desde él se propagan sucesivas sonoridades».  

Quizá por eso se dice que cuando la prosa hace ruido es porque se está rompiendo el ritmo. En cualquier caso, antes de desdeñar esta técnica, quizá lo más recomendable sea ponerla en práctica.

¿Es posible llegar a la ultracorrección que daña el texto? Por supuesto, por eso el aprendiz de escritor sensato irá guardando, con distintos nombres, los muchos archivos producidos durante las distintas etapas de la elaboración del escrito, hasta llenar una carpeta con títulos como: 1ª versión, versión final, final-final, la última, ultimísima, fffffinal de finales, 31’12’2024

También se recomienda dejar descansar la obra unos meses, quizá un año. En ese tiempo, quien escribe, reflexiona sobre su escrito, madura las ideas, suma conocimientos y adquiere la capacidad de analizar su texto desde una nueva perspectiva. Reconozco que no es fácil tener tanta paciencia, y menos en esta época tik-tokera, en la que esperar resulta una especie de castigo inmisericorde.

Al final cada uno le pone el límite a su proceso de corrección, siempre bajo la conciencia de que corregir beneficia, le da tersura al texto y nos ayuda en nuestro afán de crear una obra de arte capaz de producir emociones.

Por cierto, al final-final, con el libro impreso en nuestras manos, después de los procesos de revisión de estilo con la editorial, de la lectura de las maquetas y de los vistos buenos dados por distintos lectores amigos y profesionales, debemos estar preparados para abrir nuestra obra en cualquier página y, sí, encontrar un error evidente.

Ni modo, el don de la inerrancia, hasta ahora, cuenta con un sello de exclusividad.

 

Luis Antonio Rincón García, egresado de la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación, generación 1997.

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