Producción y goce literario en la ultramodernidad
Producción y goce literario en la ultramodernidad

 

La aparición de internet y de tecnologías eficientes a menor costo, así como las enseñanzas en el uso de gadgets que nos dejó la pandemia, aceleraron y economizaron los procesos de edición y publicación de libros, nos permiten tener acceso a conocimientos y obras en cualquier punto del orbe, democratizaron la posibilidad de publicar manuscritos, y son una herramienta fundamental para difundir obras literarias. No obstante, cada una de estas ventajas conlleva inconvenientes y limitaciones, que terminan por impactar el oficio de escritor, así como la comprensión y aceptación de lo que es literatura.

A la fecha, publicar en una editorial formalmente constituida, ya sea pública, universitaria o privada, implica pasar por la evaluación de un comité editorial, atravesar los procesos de corrección de estilo y edición, y participar en un trabajo en equipo que culmina con la distribución, presentación y promoción del libro.

Quien guste saltarse este engorroso y complejo proceso, cuenta con infinidad de editoriales independientes, falsas editoriales e imprentas disfrazadas de editoriales, listas para publicar y poner en circulación su obra, así sea con faltas de ortografía, problemas de sintaxis, portadas piratas y sin estrategias ni canales de comercialización.

¿Hay excepciones?, por supuesto, y son eso, excepciones. La mayoría de las veces provocadas por escritores y editores de alto nivel ético, enamorados de su oficio, que se deciden a crear un camino para difundir una obra, sobre todo, en su entorno inmediato, aunque siempre con el objetivo de llegar más lejos.

Es innegable que este tipo de empresas, permiten que se democratice la producción literaria y seudo literaria. En contrasentido, suele ocurrir que los productos recibidos por el escritor en ciernes, sean libros intragables —a lo cual ayudó con su poca formación y oficio—, mal diseñados y con muchos errores —Word y GPT están lejos de superar las múltiples dimensiones humanas que ofrece un buen corrector de estilo—. Lo anterior no impide que estos se ofrezcan al público, como obras de la literatura ultramoderna.

Esas no son las únicas frustraciones que vive el escritor que se cobijó con malas empresas editoriales: posiblemente su obra se pierda entre los miles de libros digitales publicados a diario en Amazon; es también probable que termine en posesión de decenas de libros físicos (sino es que millares) que se enmohecen en algún rincón de su casa, porque no cuenta con capacidad ni con los recursos necesarios para la distribución; y, lo peor, se alejan de la escritura, reclamando ser uno más de los artistas incomprendidos en su tiempo.

Decepciones como éstas son dolorosas, al final de cuentas uno, escribe para ser leído, o, como decía Jaime Sabines, “porque de algún modo uno [al escribir] está buscando el amor de la gente”.

Detrás de ese potencial fallo, está —insisto— nuestra negación a ser evaluados y acompañados por especialistas, de las distintas áreas que participan en la edición de un libro, y nuestra urgencia, nuestra imperiosa urgencia, de lograr resultados a la máxima velocidad posible.

Esta ansiedad por la inmediatez no es gratuita, es una marca de nuestra época, que nos invita, por ejemplo: a evitar videos que no cumplan con la Tik-tokera regla de “máximo cinco minutos” (y eso es demasiado, ¡con lo rápido que va la vida, oiga!); a exigir que se aceleren procesos que tienen un tiempo estipulado para su realización; y rechazar a empresas que nos ofrecen alta calidad, pero largos tiempos de entrega.

La literatura no es inmune a esta situación. Lo cual se evidencia de diferentes maneras. Hay editoriales conocidas, que piden con más frecuencia capítulos cortos, frases que lleven pocas palabras, evitar temas farragosos y, de ser posible, quitar palabras altisonantes, no vaya a ser que se obligue al lector a perder tiempo desentrañando una idea, enriqueciendo su vocabulario o con lecturas que duren más que el viaje en el colectivo.

Estas condiciones han empujado la creación y el resurgimiento de libros de minificciones, haikus y novelas breves, lo cual se aplaude de pie y a tambor batiente. Pero, de paso, abre camino a la generosa venta de libros escritos por youtubers e influencers, quienes provocan con sus ventas masivas el crecimiento económico editorial, a pesar de que poco ayuden a desarrollar el gusto literario de quienes los lean, y tampoco permitan descubrir los gozos que un buen libro nos deja. Aquí aplica la máxima: no es lo mismo vender libros, que escribir bien.

La producción, buena y mala, es tan amplia, que ya no existen voces únicas dominando el mercado literario, los gustos en esta materia se han atomizado y cada vez se nos dificulta más elegir una obra potencialmente buena.

Visitar la gigantesca Feria Internacional del Libro de Guadalajara, por ejemplo, suele significar un baño de realidad para escritores que, al toparse con innumerables filas de libros en un laberinto de estands, con las fotos y presentaciones de tantísimos colegas exitosos, así como con impensables posibilidades —al menos— narrativas, poéticas y ensayísticas, no les queda sino aceptar la pequeñez de su trabajo individual. Por su lado, los lectores se topan con tal cantidad de propuestas, que de inmediato comprenden que no habrá dinero suficiente para comprar cuanto se les antoje, ni tendrán la vida necesaria para leer todos los libros deseados.

Anteriormente, había promotores de libros con tal nivel de aceptación en el público, que sus recomendaciones provocaban un alza en la compra de éstos. Recuerdo de manera especial a Javier Aranda, quien aparecía cada viernes en El mañanero con Brozo, y aunque no era una voz única en la materia, su popularidad hizo que lo pareciera.

En la actualidad, las recomendaciones nos las hacen amigos lectores, incontables y diversos booktubers, y propuestas automáticas en internet, que nos señala títulos conforme a los gustos que nos han detectado los algoritmos de la red.

¿Por qué si hay más ofertas y posibilidades de conseguir y producir libros a nuestro gusto, el INEGI reportó que, en el 2023, la cantidad de libros leídos por personas disminuyó de 3.9 a 3.4 por año, con un tiempo de lectura por sesión de 42 minutos?

Leer o no hacerlo, es una decisión personal. Como decía el multicitado Borges: “La lectura debe ser una de las formas de la felicidad, de modo que yo aconsejaría a esos posibles lectores de mi testamento —que no pienso escribir—, yo les aconsejaría que leyeran mucho, que no se dejaran asustar por la reputación de los autores, que sigan buscando una felicidad personal, un goce personal. Es el único modo de leer”.

Evidentemente, cada uno busca, elige y compra lo que le satisface, y nunca como ahora, se cuenta con opciones tan diversas, que se nos presentan a través de libros electrónicos, envíos gratuitos, envíos internacionales, ferias de cualquier tamaño o acceso a presentaciones, talleres y lecturas en voz alta, en varios casos, sin necesidad de movernos de nuestra casa.

Es un hecho que han cambiado las condiciones en que se desarrollan la creación literaria, los procesos de edición, publicación y comercialización de libros, así como los gustos de los lectores y las posibilidades que tienen de acceder a obras de su interés. No obstante, regalarnos el goce de la lectura, permitirnos el enriquecimiento íntimo que nos deja una buena obra, o acceder a los beneficios conocidos que deja el leer, son siempre resultado de una decisión individual.

 

Luis Antonio Rincón García, egresado de Ciencias de la Comunicacion, generación 1997

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